| La 'noche de cristal' del 9 de noviembre de 1938 |
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EL TERROR ANTISEMITATRIBUNA: VIOLETA FRIEDMANEL PAÍS - Internacional - 11-11-1988Han pasado ya 50 años de la noche en la que el imperio nazi desencadenó la persecución y exterminio de los judíos, a quienes se atribuían todos los males que padecía Alemania. La autora de este artículo recuerda lo ocurrido en aquella noche de cristal, primer acto de la solución final ideada por el Reich.Cincuenta años han pasado desde aquella noche histórica en la que la era hitleriana estalló con un espectáculo de espanto para dar paso a continuación a la tragedia judía más horrible que jamás pudo imaginarse el ser humano.Poco antes, el 29 de septiembre, con la presencia de Mussolini y de los primeros ministros Daladier (Francia) y Chamberlain (Gran Bretaña), y entre falsas promesas, amenazas veladas y mentiras descaradas, se había firmado el Pacto de Múnich cuyo único propósito era violar y descuartizar a Checoslovaquia. Mientras tanto, Hitler proseguía con sus planes bélicos y las fábricas de armamento funcionaban a tope. Continuaba la construcción de carreteras, vías férreas y canales, aunque las arcas estaban vacías y el nivel de divisas a cero debido a la brusca caída del comercio exterior. La situación era de tal gravedad que en una conferencia celebrada el 14 de octubre, el Führer pidió a Goering que organizara un programa gigantesco en comparación con el cual todo lo hecho hasta entonces pareciera insignificante. Paralelamente, lo fundamental de la política nazi pasaba por culpar de todas estas desgracias a los judíos. Ya desde las leyes de Nüremberg, promulgadas en 1935, la situación de los judíos alemanes sufría un deterioro progresivo, para definirlo de manera amable. Despojados de la ciudadanía, del trabajo, de los mínimos derechos humanos, discriminados y sometidos a abusos físicos y morales, aquellos judíos no nacidos en Alemania comenzaron a ser deportados. Hungría y Polonia rehusaron permitirles el retorno, por lo que cientos de familias húngaras terminaron deambulando de una a otra isla o flotando en barcas sobre el Danubio. Unos 60.000 judíos polacos que entre 1918 y 1933 pretendieron encontrar en Alemania un alivio a los brutales ataques antisemitas que sufrían, perdieron su ciudadanía y el cierre de la frontera polaca cuando el Reich anunció su intención de deportarlos. Miles de ellos quedaron estancados y sin protección ni alimentos entre ambas fronteras. Uno de estos emigrantes era Zindel Grynszpan. Zindel había nacido en Polonia Oeste cuando aún pertenecía al Reich imperial, y en 1911 había establecido una pequeña tienda en Hannover. En la noche del 27 de octubre fue desalojado de su casajunto a su familia, y su tienda y demás posesiones familiares le fueron confiscadas. Sin dinero, hambrientos, empapados hasta los huesos y casi congelados, fueron empujados hacia la frontera polaca. Un hijo de Zindel Grynszpan llamado Herschel y que vivía en París al recibir una carta de su padre en la que relataba la miserable expulsión, decidió, con sus 17 años, que se debía realizar algo para demostrar que "los judíos no eran animales". Dispuesto a asesinar al embajador alemán, llegó hasta el edificio de la embajada el 7 de noviembre. La imposibilidad de alcanzar su objetivo le hizo tener que contentarse con un diplomático más accesible, y así resultó muerto el tercer secretario, Ernst Vom Rath. La actuación de Herschel Grynszpan fue doblemente desafortunada, ya que se produjo justamente dos días antes de las fiestas anuales de conmemoración del golpe de Estado de Múnich de 1923. Hitler salía de las ceremonias del 8 de noviembre cuando Goebbels le comunicó la muerte de Vom Rath, agregando que esta provocación podía ser muy bien aprovechada. Explosión 'espontánea' Goebbels enumeró a Hider los motivos por los cuales los judíos debían ser castigados y le explicó que se había presentado la oportunidad de ofrecer a los nazis la ocasión para expresar espontáneamente su indignación. Había que aterrorizar a los judíos, coger como rehenes a los más ricos y advertir a los judíos del extranjero lo que podría ocurrirles a sus correligionarios si no dejaban de hablar de ellos y no cesaban el boicoteo económico. Hider asintió excitado: para él no se trataba de la obra de un joven desesperado, sino de una conspiración internacional. Goebbels regresó a reunirse con los demás líderes del partido, y allí elaboraron un plan en el que todo debía parecer como una explosión espontánea, sin involucrar al partido aunque sin desanimar a las bases. Los Gauleiters, los Kreisleiters y los líderes de las SA y de las SS sabrían leer entre las líneas de esta declaración. No obstante, por si surgieran dudas, antes de la medianoche de ese día todos los centros policiales de Austria y Alemania recibieron un telegrama de Müller, el jefe de la Gestapo, en el que se daban algunas instrucciones. Hora y media después, otro telegrama firmado por Heydrich llegó a los mismos destinatarios, con órdenes más detalladas, en las que se autorizaba el uso de la policía secreta, la policía criminal, la SD, tropas especiales y los bomberos. Estos últimos debían vigilar que ninguna casa aria fuera alcanzada por las llamas. El resultado de todos estos preparativos fue dantesco. En los territorios alemán y austriaco ardieron simultáneamente 119 sinagogas, 76 fueron demolidas, 850 tiendas e innumerables hogares de judíos fueron destruidos y saqueados, 30.000 judíos de entre 16 y 60 años fueron detenidos y enviados a campos de concentración, varios miles fueron brutalmente golpeados y cientos de ellos asesinados. Las calles brillaban con los millones de trozos de cristales, aunque lo más horroroso no estaba a la vista: mujeres, niñas y niños violados y acuchillados, arrojados por las ventanas junto a los cadáveres de sus animales domésticos; judíos arrojados vivos a los ríos congelados y apedreados hasta morir cuando trataban de salir a la superficie. Quien se atrevía a defenderse era detenido con la acusación de asalto, en el mejor de los casos. Naturalmente, nadie creyó en la espontaneidad de lo ocurrido a la vista de tantos policías, bomberos y líderes nazis locales tomando parte en las acciones. La noche de cristal -Kristallnacht-, como llegó a conocerse, era un auténtico ejemplo de la criminalidad hipócrita y de la perversidad moral del régimen nazi y de un Gobierno aberrante. Unos días más tarde se conoció el inmenso daño económico causado: la cantidad de cristales rotos equivalía a medio año de producción de toda la industria vidriera belga (ya que Alemania no lo manufacturaba), y las compañías de seguros recibieron reclamaciones por valor de 400 millones de marcos. A la vista de esto, el 12 de noviembre Goering convocó una reunión urgente del Gabinete en la que, furioso, dijo que hubiera preferido que se matara a otros 200 judíos en lugar de destruir mercancías que por entonces escaseaban. Esta reunión del Gabinete marcó para los judíos un destino definitivo. Se decidió que se les cobraría un billón de marcos como "multa por los disturbios", así como que se confiscarían las sumas pagadas por las compañías de seguros. Allí se decidió la expropiación de todas las propiedades de judíos y que en adelante éstos no podrían entrar a los cines, a los teatros, a los parques, a las escuelas, ni viajar en los mismos compartimientos de los trenes que el resto de los alemanes. Esta reunión del Gabinete marcó el comienzo de la solución final. Violeta Friedman es superviviente de Auschwitz y miembro de la Liga Antidifamatoria Bnai-Brith. |
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